Historicismos y eclecticismos

El arte del siglo XIX estuvo dominado por dos grandes tendencias: el romanticismo y el realismo. Aunque en muchos aspectos estas dos corrientes se definen por valores opuestos, no es posible entenderlos por separado, ya que en algunos aspectos el realismo es consecuencia de la radicalización de algunos principios románticos. Además, muchos artistas y teóricos aspiraron a encontrar una síntesis válida entre ambas posiciones, dentro de un eclecticismo sistemático que afectó a muchas creaciones artísticas de aquella época, donde las tradiciones del clasicismo tampoco desaparecieron repentinamente.

Los aspectos más característicos del romanticismo se manifiestan más claramente durante la primera mitad del siglo: la libertad individual como una aspiración irrenunciable; el nacionalismo como sentimiento del pueblo frente a la autoridad impuesta; la nostalgia de tiempos pasados como modelo intelectual y estético que se desea recuperar; la curiosidad exótica hacia otras culturas, como una forma de escapar a la insatisfacción de lo cotidiano; el misterioso atractivo de lo irracional, ante la incapacidad de la razón por explicar los grandes enigmas del ser humano; la entrega rendida hacia lo sentimental y afectivo, como única posibilidad de escapar a lo terrenal; o la conciencia de la imposibilidad de alcanzar los grandes ideales que cambien el mundo y, sin embargo, la fervorosa aspiración a ellos.

Partiendo de ese espíritu crítico, que se oponía a una cultura rígidamente reglamentada y anquilosada en fórmulas sin contenido, la sinceridad y la verdad fueron valores en alza; lo popular comenzó a ser sinónimo de moralidad y autenticidad, frente a los convencionalismos del arte oficial; todo lo que no entraba dentro del mundo de los sentidos, empezó a abandonar el campo del arte; sólo lo visto y lo vivido, lo experimentado sensorialmente, formaba parte de la creación artística. Estos serían los presupuestos del realismo, que dominaría la segunda mitad del siglo XIX.

La imitación nostálgica de los distintos estilos del pasado ponía de manifiesto una actitud romántica. Así, se puede hablar de clasicismo romántico para referirse a la utilización de modelos de la Antigüedad griega y romana en edificios construidos a lo largo del siglo XIX, identificados comúnmente con el término neoclasicismo.

Pero el historicismo se aplicó a la recuperación de los estilos de cualquier época y cualquier cultura, siguiendo principios de libertad y exotismo. Así, frente a la dominante vigencia de los principios clásicos en la enseñanza y en la práctica arquitectónica, aparecieron paulatinamente prototipos distintos, los revivals, que permitieron una gran diversidad de opciones constructivas, con los más diversos significados culturales añadidos: neoclasicismo, greek revival, gothic revival o neogótico y el eclecticismo.

Estos estilos no serían sucesivos, sino simultáneos en muchos casos y así, se mantuvo el neoclasicismo, asociado a la idea de solidez y permanencia, para edificios oficiales y bancarios; el gótico que sugería espiritualidad, se empleó para los religiosos; y el islámico, relacionado con el goce de los sentidos, para los edificios destinados al ocio. Este fenómeno se denomina eclecticismo, en tanto supone la aplicación de una forma arquitectónica concreta a un tipo de edificio según su función, siendo posible su aparición gracias además de al auge de los historicismos a que se habían dejado de buscar modelos arquitectónicos ideales. A partir de entonces, los valores dominantes serán lo pintoresco y lo sublime, imponiéndose un claro alejamiento del purismo.

  • Estilo Imperio y expansión del clasicismo romántico.

El Estilo Imperio fue un estilo de principios del siglo XIX, eminentemente decorativo, cuyo nombre se debe al Primer Imperio Francés (el imperio de Napoleón).

Fue entonces cuando se construyeron estructuras y edificios grandiosos de inspiración neoclásica como el Arco de Triunfo de París, construido por Chalgrin en 1805 para conmemorar la victoria de Austerlich, la columna Vendome (inspirada en la Columna Trajana), y La Madeleine, imitando edificios y formas de la Roma imperial. En este estilo se mezclan en un estilo rococó elementos propios de la cultura romana y egipcia, destacando también por la riqueza de materiales.

A partir de 1807 se produjo una reordenación urbanística de París, que anticiparía las reformas de mediados de siglo con la seriación de las fachadas, la articulación urbanística con los mencionados arcos de triunfo y columnas en las plazas, etc.

Los modelos parisinos surgidos del estilo imperio tuvieron gran difusión gracias a las conquistas napoleónicas (Rusia o Italia, donde más tiempo sobreviviría).

  • Del neogriego al eclecticismo.

La recuperación de los estilos mediterráneos (Antigüedad clásica y Renacimiento) sólo consiguió una cierta plenitud de estilo al principio, pues con el paso del tiempo fue volviéndose cada vez más superficial y teatral hasta desembocar en los excesos del eclecticismo.

Las dimensiones de los edificios son colosales y las formas ornamentales resultan fastuosas gracias al empleo de materiales ricos y atractivos. Son  edificios que anteponen la forma a cualquier otro aspecto y se basan en formas estereométricas básicas como el cubo, la esfera, el cilindro o la pirámide, creando así edificios de volúmenes corpóreos y macizos que se contraponen a lo que será el neogótico en donde priman los conceptos espaciales.

En Inglaterra convivía lo clásico con lo pintoresco. El arquitecto más destacado del momento fue John Nash (1752-1851) que construyó edificios en todos los estilos de moda de la época, desde mansiones rurales góticas, casas clásicas de estuco, villas italianizantes y viviendas urbanas adosadas. Sin embargo, el más destacado de todos fue el Royal Pavillion de Brighton (1815-1823), uno de los edificios más originales del momento, pleno de fantasías orientalizantes ya que combinaba de forma extravagantes motivos chinos y fantásticos.

Alemania sería el país donde encontremos las mejores realizaciones del estilo neogriego gracias a dos arquitectos de primera fila: Schinkel y von Klenze.

Karl Friedrich Schinkel (1781-1841) había viajado a Italia entre 1803 y 1805, y posteriormente en 1824, lo que era habitual en la formación artística de los siglos XVIII y XIX. Durante la ocupación napoleónica de Berlín (1806-1808) trabajó como pintor, y después de la expulsión de los franceses ingresó en el departamento de obras públicas de la capital prusiana, donde llegaría a ocupar el cargo de máximo responsable de las obras civiles y regias de la ciudad.

Su estilo conjuga la grandiosidad clásica unida al espíritu romántico, así como un acercamiento a lo pintoresco, aunque en todas sus obras mantuvo una marcada racionalidad constructiva y compositiva. Esto le permitiría cambiar de estilos según el tipo de edificio, abriendo el paso al eclecticismo estilístico. Así, utilizó el neogriego para teatros y museos; el neogótico para iglesias y para las casitas de recreo, combinaba la racionalidad (planta y distribución) con lo pintoresco y la tradición de la villa italiana.

Entre sus obras destacan la Iglesia de san Nicolás de Potsdam y el Gran Teatro de la Ópera de Berlín o el nuevo Pabellón del Palacio de Chatlottenburgo, Berlín.

Leo von Klenze (1784-1864) sería el mayor exponente de la grandiosidad neogriega en Alemania, quizá por la influencia de las excavaciones alemanas en Grecia. Compagina un «estilo del arco de medio punto», incorporando elementos de otros estilos (románico, bizantino y primer renacimiento toscano).

Von Klenze se había formado en París y después, en Italia, donde estudió la obra de Palladio, y en Inglaterra, donde asimiló las primeras obras del Clasicismo Romántico. En Baviera el rey Luis I favoreció la transformación de su capital, Munich, para modernizarla, de lo que la Von Klenze.

Sus obras más importantes fueron la Pinacoteca y Gliptoteca, de 1830, que son edificios de proporciones monumentales, similares a los modelos de museos y bibliotecas franceses, con grandes galerías e iluminación central, cerrando los lados de una gran plaza. Ambos edificios presentan unos porticos de inspiración griega: jónico el de la gliptoteca y corintio el de la Pinacoteca, aunque con escalinatas de acceso.

El Walhalla en Ratisbona (1830-1842) es un monumento decorativo dedicado a los héroes muertos en combate y se realizó siguiendo el modelo arquetípico de los templos griegos, y situado sobre un basamento complejo de hasta cinco plataformas y acceso con rampas, de forma que domina el paisaje.

Los Propileos (1846-1863) tienen dos grandes macizos laterales que flanquean un pórtico central con frontón clásico, pero que en su estructura recuerda a los pilonos de la arquitectura egipcia.

En Italia la arquitectura se decanta por el Clasicismo romántico aunque con un marcado sabor romano que se manifiesta a través de la simplicidad, rotundidad volumétrica y gran escala de los edificios. En los grandes edificios prevalece una visión global de los edificios, sin detenerse en los detalles, que sí serán importantes en los edificios de menor escala.

  • Historicismos neomedievales.

Surgen como influencia del pensamiento historicista, opuesto a la Ilustración, según el cual, cada período de la Historia tiene su propia personalidad que es el resultado de aquellos que le precedieron. Así, adquieren gran importancia el papel de las circunstancias geográficas y ambientales y la preeminencia del pasado en los momentos difíciles.

Los historicismos neomedievales tienen una clara preferencia por el gótico al que atribuyen valores ideológicos, morales, sentimentales y políticos que resultan afines a la nueva mentalidad romántica. Así, la arquitectura neogótica será el soporte de tres tendencias: religiosa, nacionalista, tecnológica.

Al principio el neogótico apareció de forma aislada en Inglaterra, asociado a lo pintoresco, es decir, como algo caprichoso, irregular, distinto, en residencias privadas, mostrando una actitud de búsqueda intimista, efecto exótico y sensación misteriosa, que se mantendría con el tiempo. Pero, enseguida, el neogótico pasó, de ser un simple lenguaje arquitectónico a convertirse en modelo indispensable de un nuevo espíritu religioso y moral. Esto se debe al arquitecto y teórico Pugin (1812-1852), defensor a ultranza del estilo gótico que identificó como el estilo cristiano por excelencia. Al mismo tiempo, el neogótico asumiría significados nacionalistas, por lo que fue elegido para el Parlamento británico.

El neogótico recupera valores como la novedad, la irregularidad y la complejidad, a través del uso de formas asimétricas, contrastes volumétricos, aislamiento, topografías irregulares, etc.

Augustus Welby Northmore Pugin (1812-1852) fue un arquitecto y teórico (convertido al catolicismo), defensor apasionado del gótico. La iglesia Anglicana recogió las ideas de Pugin, consiguiendo un auténtico control del neogótico.

Entre 1840-1865, Pugin y Charles Barry colaboraron en la edificación del Parlamento de Londres. Es la época de madurez del neogótico. El clasicismo se manifiesta en la planta regular del edificio, así como en la simetría general del mismo, mientras que la decoración es propia del gótico flamígero. Es un edificio de marcada horizontalidad cuyo contrapunto lo ponen las torres de distintas formas y alturas.

En los años cincuenta y sesenta del siglo XIX surge el neogótico victoriano alto en el que se intensifica el arqueologismo, diversificándose las formas arquitectónicas.

En Francia, el prestigio del estilo gótico estuvo asociado a la necesidad de proteger los edificios medievales como símbolos de la gloria nacional, principal aspecto que ha justificado la necesidad de conservar el patrimonio artístico en época contemporánea. En ello trabajó Eugène Viollet-le-Duc (1814-1879), el cual, desde un punto de partida positivista, estudió sistemáticamente la arquitectura medieval francesa y realizó numerosas restauraciones. Llegó a la conclusión de que el gótico encerraba una lógica profunda, donde se integraban racionalmente todos los elementos  decorativos y constructivos. Este pensamiento está en la base de la arquitectura moderna.

En Norteamérica pervive el dominio del clasicismo y hasta mediados de los años cuarenta no hay arquitectura neogótica, que llega a través de los textos de Ruskin. Muestra de ello es la Catedral de San Patricio en Nueva York, de James Renwick, que muestra un estilo muy utilizado en la arquitectura religiosa popular (pequeñas iglesias de madera).

En Alemania el neogoticismo adquiere gran fuerza gracias al auge del nacionalismo derivado de la reciente unificación del país. El neogótico era el reflejo del Volkgeist[1] alemán, en el sentido de continuidad histórica con la Alemania de la Edad Media. Así, la catedral como edificio sería el símbolo de la fusión del poeta y del pueblo.

En concreto, la finalización de la Catedral de Colonia, inconclusa en la Edad Media, se convertirá en la gran empresa nacional al tiempo que en un campo de experimentación neogótica. Los estudios previos fueron realizados por Sulpiz Boisserèe en 1824 y en ella actuaron muchos arquitectos como  Schinkel, F. Ahler, F. Zwiner, F. Von Schmidt. Las obras empezaron en 1825, pero sería en 1842 cuando recibieron un impulso definitivo, consolidándose el neogótico alemán.

En Francia tuvo gran importancia la labor de restauración para proteger edificios que eran símbolos nacionales y religiosos. Prevalecieron los valores ideológicos-sentimentales sobre los constructivos, dando más importancia a los aspectos figurativos que a los estructurales.

Había distintos criterios sobre la restauración. Por un lado, había autores como Ruskin que propugnaban la sacralización de la ruina, ya que concebía la arquitectura como un ser vivo, que también tenía que morir en un proceso de fusión con la naturaleza. Por otro lado estaban los partidarios de la restauración como Lassus y Viollet-le.Duc que, a su vez, diferenciaban la restauración y reparación: mientras ésta sólo estaba orientada a consolidar el edificio evitando un deterioro mayor, la restauración implicaba la reconstrucción de las partes desaparecidas, siempre según el proyecto original, lo que conllevaba una importante labor investigadora.

J. B. A. Lassus (1807-1857) era partidario de la restitución integral del edificio, lo que llevó a cabo en la restauración de  St. Germain l’Auxerrois y como iInspector de los trabajos de restauración de la Saint Chapelle que realizó Felix Duban. También colaboró con Viollet-le-Duc en la restauración de Notre Dame de París.

Eugene Viollet-le-Duc (1814-1879) realizó muchas restauraciones entre las que están Notre Dame, St. Sernin de Toulouse, Castillo de Pierrefonds o el recinto amurallado de Carcasona. Su forma de ver el gótico, además de una teoría de la restauración, determina un modelo teórico de arquitectura contemporánea, pues realiza un análisis positivista de las estructuras góticas. Descubre que los sistemas de equilibrios basados en las nervaduras de las bóvedas se adecuan a nuevos materiales como el hierro, de forma que el gótico aparece como modelo para la arquitectura contemporánea. Propugna, pues, la necesidad de racionalizar y reformar las formas constructivas incorporando las nuevas tecnologías, aunque hizo pocos proyectos de nueva planta.

  • Academicismo y renovación: segunda mitad del s. XIX.

Pese a las innovaciones, aún se construían más edificios siguiendo los modelos tradicionales (materiales y concepción) que conforme a las nuevas formas y técnicas. Dentro de este grupo tradicional, hacia 1846, se produjo una nueva querella entre goticistas y clasicistas, y no se trataba de una mera discusión de estilos, sino que la cuestión era de base, pues los goticistas eran partidarios de la tecnificación de la arquitectura y la racionalidad compositiva y sinceridad constructiva (que llevaría a aceptar las novedades arquitectónicas lo que supondría la renovación de la arquitectura) mientras que los clasicistas eran partidarios de la continuidad de la tradición clásica según los modelos de las Academias de Bellas Artes, separando de forma radica la arquitectura y la construcción.

Surge así el Neorrenacentismo que proponía modelos renacentistas como alternativa al rigorismo del clasicismo romántico puesto que permiten una mayor flexibilidad compositiva y formal, con una gran valoración de las fachadas. El modelo que seguirán será el de la arquitectura italiana del renacimiento y en Italia se convertirá en oficial tras la unificación política en los años 60 y 70.

El eclecticismo implicaba la elección y combinación de distintos estilemas[2] tomados de diferentes momentos de la historia de la arquitectura, lo que dota al estilo de una diversidad formal bajo la que se advierte una cierta unidad.

Los arquitectos tenían una formación y un gusto clasicista que llevó al recargamiento decorativo de las fachadas: esculturas, complejidad volumétrica, etc. dentro de una serie de tipologías propias de la sociedad burguesa.

Con el paso del tiempo estos ensayos derivarán a finales del siglo XIX en un eclecticismo estilístico en el que todo se mezcla. Así, elementos formales de los estilos del pasado (columnas, pilares, arcos, frontones, etc.) se manejaron de manera arbitraria, a capricho del arquitecto.

Uno de los mejores ejemplos es la Ópera de París (1861-1874) de Charles Garnier (1825-1898), dentro de lo que se ha llamado Estilo Segundo Imperio, que fue un modelo muy imitado por la arquitectura oficial y representativa y una de las obras más representativas del gusto decimonónico. Destacan su gran escala respecto a los edificios que le rodean y que, debido a la profusión de repertorios estilísticos que tiene (aunque predomina el neobarroco con profusión de decoración) marca la máxima expresión del eclecticismo.

En esta corriente se detecta una cierta dualidad estética entre los deseos de esplendor y lujo de la burguesía, visibles en los edificios más representativos de la ciudad, o de diversas instituciones con las que se trataba de ofrecer una imagen monumental, y la resignación a emplear nuevos materiales cuyo ascenso era ya imparable dada su adaptabilidad a las nuevas funciones y necesidades económicas, sociales y culturales.



[1] El genio de cada pueblo, propugnado por Herder. El genio de cada pueblo estaba marcado por valores culturales como la raza, lengua, costumbres, etc. así como por una mezcla de elementos ideológicos y sentimentales.

[2] Distintos elementos característicos de un estilo concreto.