La pintura impresionista

El impresionismo se desarrolló como movimiento artístico en el último cuarto del siglo XIX y con su aparición da sus primeros pasos el llamado «arte moderno», pues a partir de él las tendencias artísticas o «ismos» se sucederán con una gran rapidez. Quizá una de las principales aportaciones del impresionismo radica en la dinámica de cambio y renovación que imprimió en el arte occidental.

A partir de estos momentos se habla de «ismos» y no de estilos, estribando la diferencia entre ambos en que los estilos surgen como expresión de una cultura, mientras que el «ismo» es el resultado de una voluntad expresamente orientada hacia una finalidad.

Al igual que el realismo se basaba en el positivismo de Comte, el impresionismo lo hace en la teoría de las sensaciones de Locke: la sensación es la fuente de nuestro conocimiento, alimenta la vista que es la puerta de nuestra experiencia. De ahí que se desdeñe la forma; todo debe partir de lo que el ojo ve sin ningún tipo de prevención.

El punto de partida del Impresionismo se suele situar en 1874 en la Exposición de Artistas Jóvenes de la Galería Nadar. Entre los cuadros expuestos había uno, debido a Monet, titulado «Impresión, sol naciente». Este cuadro fue duramente criticado por el crítico de arte Leroy, siendo él mismo quien,  peyorativamente, calificó con el nombre de «impresionistas» a estos pintores; el grupo rechazó en un primer momento el nombre porque preferían llamarse “independientes». Su última exposición como grupo impresionista se celebraría en el año 1886.

La sensibilidad social fue reacia a este tipo de pintura, surgida del como rechazo de la pintura academicista y de estudio de carácter clasicista, que durante mucho tiempo tuvo que soportar las críticas más adversas.

Sin embargo, como movimiento pictórico no tuvo una gran cohesión como grupo, pues aunque compartían ciertos intereses pictóricos y estéticos, carecían de un manifiesto teórico e incluso una línea de acción unitaria.

Antecedentes inmediatos fueron la tradición lumínica española de Velázquez y Goya, los paisajistas románticos ingleses Constable y Turner y los paisajistas franceses del siglo XIX o pintores de la naturaleza como Corot, la escuela de Barbizón, Millet, Courbet y, sobre todo, Manet.

Características.

El principio básico del Impresionismo es que la realidad que captamos no es única sino múltiple; no es permanente sino cambiante. La realidad es la apariencia de las cosas en el momento de ser contempladas. Los pintores impresionistas vivían un mundo móvil, cambiante e inestable que querían reflejar en sus cuadros.

Algunos de los factores que influyen en su desarrollo fueron:

  • El descubrimiento de la fotografía que les permitía realizar composiciones con nuevos encuadres (perspectivas cortadas, superación del concepto de punto de fuga único, etc.). El fotógrafo tiene una visión instantánea de la realidad al igual que el pintor, pero éste busca lo fugaz y lo inacabado frente al detallismo del fotógrafo.
  • Las nuevas teorías científicas, especialmente las nuevas leyes ópticas y del color establecidas por Chevreul, quien descubrió “la ley de contrastes simultáneos»: el color no depende exclusivamente de él mismo, sino de los otros colores que le rodean, exaltándose o amortiguándose con ellos.
  • La divulgación de las estampas japonesas, especialmente por su brillo y colorido y por la presentación de nuevos encuadres.

Con todo, lo más novedoso del impresionismo fue su técnica abocetada a base de pinceladas cortas y visibles, con colores estridentes entre los que no se encontraba el negro, que había sido sustituido por tonalidades azuladas o violáceas. Estos colores ya se adquirían en tubos de estaño gracias a la fabricación a nivel industrial, lo que permitía la práctica de la pintura al aire libre llevando el caballete al lugar donde estuviera el objeto que se quisiera representar.

Sobre estas bases, la teoría empírica de la sensación como única fuente válida de conocimiento se convierte en el principio rector de la pintura impresionista, sin que existan ni formas ni colores permanentes sino mudables en función de la luz que reciban.

La luz es, pues, la auténtica protagonista del cuadro, pues los objetos sólo se ven en la medida en que la luz incide sobre ellos. Por eso se prefiere la pintura al aire libre ya que permite captar la visión momentánea y fugaz de los efectos producidos por la luz.

Al ser los cuadros un simple efecto de luz, un mismo tema se puede representar varias veces y siempre de forma distinta con tan sólo cambiar la luz (su intensidad, su ángulo de incidencia, etc.).

En cuanto al color, utilizaban la técnica de la división de colores por lo que aplicaban los pigmentos en estado puro, sin mezclarlos en la paleta, para que fuera la retina del espectador la que los mezcle. Así pues, la gama de colores resultaba muy reducida con lo que los cuadros adquieren una extraordinaria luminosidad y claridad. No empleaban colores oscuros, desapareciendo las sombras negras que ahora se conseguían mediante espacios coloreados con colores complementarios. En consecuencia, desaparecen los contrastes de claroscuro y el dibujo se suprime o queda reducido a trazos disueltos entre el color.

Los colores se aplicaban en pequeñas pinceladas, cortas y yuxtapuestas, y para captar mejor las vibraciones de la atmósfera rehuían de cualquier retoque, prefiriendo las manchas pastosas y gruesas, las pinceladas sueltas aplicadas con pincel, espátula, los dedos, o con el mismo tubo. Los toques yuxtapuestos de colores claros que serán distintos en cada pintor: en forma de comas en Monet, netos en Cézanne, en puntos en Seurat y Signac, largos y llameantes en Van Gogh.

Los temas en el Impresionismo serán irrelevantes, pues se trata de una pintura puramente sensitiva, con lo que el tema se convierte en algo accesorio, que sirve sólo de soporte para el color. Se representan paisajes (tanto rurales como urbanos) escenas tomadas de la vida bohemia y burguesa, retratos, rechazándose la pintura histórica, mitológica o religiosa.

Artistas impresionistas

Eduard Manet (1832-1883) no es estrictamente impresionista, si bien es su precursor más claro y cercano, ya que tuvo contactos con ellos aunque no llegar a integrarse en el grupo. A él le correspondió la ruptura y así, tras una etapa en la que respetó los cánones académicos, provocó el escándalo en el «Salón de los Rechazados» con su Almuerzo sobre la hierba en 1863, considerado obsceno, aún cuando estaba construido a partir de motivos de museo (Giorgione, Tiziano, Rafael), ocurriendo lo mismo con Olimpia en el Salón de 1865.

Sin embargo, la verdadera revolución no estaba en los temas sino en las formas, pues su pintura se construye a base de manchas, simples y enérgicas, que definen los objetos, sin el ilusionismo que deriva del modelado, mostrando gran influencia de pintores españoles como Velázquez y Goya en el aclaramiento de su paleta y en la liberación de su pincelada.

Manet fue visto por los impresionistas como un maestro y un guía, y él, a su vez, aprendió de ellos su pasión por la pintura al aire libre y su interés por los aspectos puramente lumínicos de la misma.

Claude Monet (1840-1926) es el que mejor encarna la esencia del Impresionismo, siendo no sólo el pintor más representativo del impresionismo y el más poético, sino el vertebrador del grupo y el que marcó su evolución. De hecho, fue un cuadro suyo –Impresión, sol naciente– quien dio nombre al grupo.

Pintaba la luz al aire libre y se interesó especialmente por los cambios de luz durante el día y por las variaciones atmosféricas y acuáticas. En este sentido realiza series como la de las escenas de la Catedral de Rouen y en su época final, la de las Ninfeas. Su técnica se basa en pequeños y rápidos toques de colores puros que dan un aspecto inacabado al cuadro.

Pinta, sobre todo, paisajes, marinas, escenas fluviales, etc., aunque a veces pinta paisajes urbanos mostrando como son modificados por la industrialización (“La Estación de Saint Lazare«).

Camille Pisarro (1830-1903) era el mayor del grupo y jugó un papel de cohesionador, de fortalecedor de los lazos de amistad entre los pintores, dada su bondad personal.

Partiendo de lo aprendido con Corot y Courbet, evolucionó rápidamente hacia la típica técnica de factura suelta de colores claros propia de los impresionistas. Sus pinceladas, cortísimas, y sus superposiciones abruptas de color, inspiraron a los neoimpresionistas.

Vivía en Pontoise, donde pintaba sobre todo paisajes rurales y urbanos (Tejados Rojos, 1877) a través de los cuáles busca la luz de los árboles, caminos o tejados de las casas. Utiliza puntos de vista muy altos para conseguir una mayor sensación de espacio.

Alfred Sisley (1839-1899) fue un impresionista puro, que dotaba a sus cuadros de un gran lirismo, al igual que Monet, que fue su maestro. Pinta preferentemente temas de nieve e inundaciones, caracterizándose por ser un pintor de paisajes apacibles, con una pincelada deshecha y luminosa. Alejándose de Manet, prefirió la luminosidad de la pintura al aire libre y se instala en Moret-sur-Loing, en las cercanías de Fontainebleau, donde pintaría hasta su muerte los paisajes de la región. Entre sus obras destaca Inundación en Port-Marly (1886).

Auguste Renoir (1841-1919) resulta clásico dentro del impresionismo, ya que aplicó la visión impresionista a la figura humana, con una pincelada pequeña, corta y vibrante, y un acabado oleoso; se ha dicho que sus inicios como pintor de porcelanas en su Limoges natal,  influyeron en su técnica. Mostraba gran preocupación por los efectos de la luz sobre la piel, las variaciones tonales que se creaban, así como los brillos que podían resultar. Alejado en un principio del dibujo, creaba por medio de las manchas de color, que se mezclaban en el ojo del vidente, y creaban las formas, lo que le convierte en un precedente del Fauvismo y de las tendencias cromáticas del siglo XX.

Utilizó el tema de los jardines para captar la luz, como chispazos centelleantes, según se filtren los rayos de sol a través de los árboles, pero lo que centra su atención es la figura humana, principalmente en el desnudo femenino, que recuerdan, en cierto modo a Rubens. También realizó escenas de la vida bohemia parisina. En sus últimos años, sin embargo, volvió al dibujo academicista, disminuyendo la importancia del color en la composición.

Fue al mismo tiempo un revolucionario y un artista con fuerte peso de la tradición. Entre sus obras están El palco (1874), Le Moulin de la Galette (1876), Las bañistas (1918).

Edgar Degas (1834-1917) recibió una formación académica por lo que siempre dio gran importancia al dibujo. Era más conservador que sus compañeros, ya que enlazó su obra con la tradición de la pintura occidental. Asimismo, preparaba concienzudamente sus composiciones, lo que no fue óbice para que adoptara encuadres y movimientos originales inspirados en la fotografía.

Prefería la luz de interiores, especialmente, la de las candilejas. Su preocupación era captar el movimiento, un instante en la acción: por eso es el pintor de las bailarinas y de las carreras de caballos, logrando en sus obras dar la sensación de fugacidad.

No se limita al mundo elegante del ballet sino que muestra los esfuerzos de los ensayos; pinta también el cansancio de los trabajadores e incluso escenas íntimas de mujeres pero tratadas de forma nueva.

Estas escenas de la vida cotidiana pueden ser calificadas de expresionismo social. Crea un tipo de primer plano en el que se secciona la cabeza de uno de los personajes, lo cual sitúa bruscamente al espectador ante el cuadro. Es un recurso para desencadenar la idea de proximidad que será aprovechado después por el cine.

Entre sus obras más destacadas destacan obras como Carreras de Caballos (1866), Bailarinas en la ópera antigua (1877) o Mujer peinándose (1885).