El Simbolismo

El simbolismo se desarrolla en Europa entre 1888 y 1903 de forma paralela al impresionismo y al puntillismo, manifestándose igualmente contra el academicismo oficial Los simbolistas -cuyos precedentes se encuentran en William Blake, los nazarenos y los prerrafaelitas- propugnan una pintura de contenido poético.

El movimiento simbolista reacciona contra los valores del materialismo y del pragmatismo de la sociedad industrial, reivindicando la búsqueda interior y la verdad universal, para lo que recurren a los sueños que, gracias a las nuevas teorías de Freud, ya no se conciben sólo como imágenes irreales, sino como un medio de expresión de la realidad. Su objetivo era representar, mediante formas y colores simbólicos, el sueño, el misterio, las experiencias místicas o espirituales.

El Simbolismo disponía de un estilo unitario, lo que hace que sea difícil de definir; más bien se trata de un conjunto de individualidades artísticas en las que confluyen una serie de características comunes pues todos son antinaturalistas, caracterizándose sus obras por reflejar mundos fantásticos y subjetivos, así como por un marcado decorativismo. Para ellos el arte era un medio de manifestar la realidad profunda del hombre, por encima de su pensamiento convencional. Estos planteamientos  son un claro precedente del expresionismo.

Los simbolistas defienden el concepto del «arte por el arte» siguiendo el principio de Maurice Denis: «Recuérdese que el cuadro antes que un caballo, una mujer, una flor, es esencialmente una superficie plana cubierta de colores dispuestos en un cierto orden».

Para cumplir sus objetivos, el simbolismo necesitó de formas pictóricas abstractivas, por lo que utilizaron formas lineales y ornamentales, así como composiciones que subrayaban su carácter antinaturalista.

Los principales representantes de esta corriente son Gustave Moreau (1826-1898) que posee una visión particular sobre la belleza, el amor y la muerte como podemos ver en La Aparición; Pierre Puvis de Chavannes (1824-1898) pretende mantener la claridad y el rigor compositivo del clasicismo junto con el uso de colores planos y claros, lo que se observa en su obra Mujeres al borde del mar; por último, Odilon Redon (1840-1916) se dedica a representar ideas, acercándose así a lo que después será el surrealismo, como es evidente en su Visión submarina.