Apuntes pintura barroca española

El siglo XVII es el llamado Siglo de Oro de la pintura española. En él muestran las personalidades más fuertes del arte nacional. Puede subrayarse la limitación que supone la carencia casi total de la pintura profana, al no existir otra clientela que la religiosa, y sobre todo la monástica. Salvo en la Corte y en pintores como Velázquez, la actividad de nuestros pintores va ligada a lo devocional. De otros géneros sólo puede señalarse el bodegón, a veces de significación simbólica, religiosa y moral, y el retrato.

            Durante la primera mitad del siglo, las formas predominantes son las de naturalismo tenebrista. Los focos más importantes son Castilla, Andalucía y Valencia.

            En la segunda mitad del siglo, la difusión de los modelos flamencos rubenianos, y el nuevo sentido, más opulento y colorista, cambia por completo el tono de la pintura española que de realista y tenebrista pasa al colorismo luminoso y al optimismo teatral del pleno barroco. En este periodo sólo Madrid y Sevilla crean escuelas de primer orden.

             EL REALISMO.

 MADRID Y TOLEDO:

            En el ámbito castellano, la conexión con El Escorial es muy directa. Algunos de los más importantes pintores madrileños de comienzos de siglo son de origen italiano. Ellos introducen una especial sensibilidad religiosa que se aproxima a lo real, y humaniza las representaciones. Vicente Carducho representa muy bien este momento. Sus lienzos son obras importantes, muy bien compuestas y con un hábil sentido narrativo.

            En Toledo, se forma también una escuela notable en los primeros años del siglo. Uno de los pintores toledanos más conocidos es Luis Tristán, discípulo del Greco, cuyas formas alargadas recuerda a veces, pero que avanza en dirección naturalista y acentúa el tenebrismo.

 VALENCIA:

            La figura más importante de la pintura valenciana a comienzos de siglo es Francisco Ribalta. Educado en El Escorial, y conocedor de la pintura veneciana del monasterio, se establece en Valencia. Su estilo es nuevo, de tono contrarreformista, colorido y en cierto modo realista. En los años sucesivos, su estilo va avanzando en direccción realista. Sus últimas obras son ya enteramente tenebristas con un magnifico conocimiento de lo real, una iluminación muy contrastada y una preferencia muy marcada por los modelos feos, nada estilizados.

            Se debe incluir entre los pintores valencianos la figura de José de Ribera. La importancia de Ribera es excepcional en todo el arte europeo, tanto como pintor como por su actividad de grabador. Ribera admiró Caravaggio, y dio una personalísima interpretación del naturalismo exagerando a veces los elementos de crispación y dureza e introduciendo elementos coloristas, dinámicos y sensuales en sus composiciones. Su sentido de la realidad, de las calidades de las cosas, se traduce en una técnica espesa, que casi consigue el relieve de las arrugas de la piel o de los pliegues de las telas. Es uno de los pocos pintores españoles que cultiva también el género mitológico.

 ANDALUCÍA:

            A comienzos del siglo XVII pervive en Sevilla mucho de la tradición del siglo XVI empapada de influencia flamenca. Francisco Pacheco es pintor de calidad mediocre, pero curioso por haber realizado algunas decoraciones de carácter humanista. La relativa renovación la representa Juan de Roelas. A él se debe la introducción de un tipo de grandes cuadros de altar, con precedentes italianos del manierismo final, donde se presentan dos planos bien diferenciados, le terrenal, con tipos realistas, vulgares, y el celeste, lleno de luminosos resplandores. Sin embargo, Roelas no se interesa apenas por los efectos tenebristas y su pincelada suele ser suelta y esponjosa, y el color rico y dorado.

             ZURBARÁN Y CANO.

            En la Sevilla del primer tercio del siglo XVII se educan tres de las más grandes figuras de la pintura española del siglo: Zurbarán, Cano y Velázquez.

            Francisco de Zurbarán es el pintor monástico por excelencia. Nadie como él ha sabido representar con más sencillez, el apasionamiento fervoroso y la cotidianeidad con lo maravilloso de la vida monástica de la Contrarreforma española. Su fama y prestigio son consecuencia de algunas cualidades que sólo hoy valoramos adecuadamente:

  1. La simplicidad, por falta de artificio.
  2. La capacidad casi obsesiva de reproducir lo que tiene delante de la manera más simple.
  3. Gusto por los volúmenes simples y las disposiciones sencillas.

            Sus formas más famosas son los ciclos monásticos, donde la simplicidad de los hábitos le permite efectos de severa monumentalidad y los rostros apasionados de los monjes dan una idea vivísima de las devociones de su siglo. Series de frailes constituyen lo más valioso de una extensísima producción. Su estilo se mueve dentro del tenebrismo, utilizando los contrastes de luz y sombra para atraer la atención sobre lo que le interesa. Sólo en los últimos años de su vida intenta asimilar algo de la técnica desechada y el color vaporoso, sin conseguirlo del todo. Fue llamado a Madrid para colaborar en el Palacio del Buen Retiro, pintando entonces cuadros mitológicos, que demuestran su escasa capacidad para el desnudo y la composición profana.

            Alonso Cano. Aunque sus obras de juventud son de carácter tenebrista, al pasar por Madrid y entrar en contacto con las colecciones reales, se despierta en él un deseo de equilibrio y de belleza que le convierte, junto con Velázquez, en el más clásico de nuestros pintores del barroco. Amigo de las formas idealizadas, rehuye el realismo, y se complace en lo delicado, bello y gracioso.

             VELÁZQUEZ.

            Diego Velázquez. La figura de Velázquez está a caballo entre el realismo de la primera mitad del siglo y el barroquismo de la segunda. Nacido en Sevilla, se educa en casa de Pacheco, con cuya hija contrae matrimonio. Las primeras obras de juventud demuestran un enorme interés por el naturalismo. Ayudado por los amigos de su suegro, va a Madrid, y el éxito de un primer retrato de Felipe IV le abre las puertas de la Corte. La vista de Rubens a Madrid le incitó todavía más a conocer el mundo y hace un primer viaje a Italia, que enriquece enormemente su sensibilidad y estilo. Si ya había empezado, en sus primeros años madrileños, a dejar atrás el tenebrismo y reducir la temática religiosa y a introducir temas mitológicos (El Triunfo de Baco o Los Borrachos), el viaje a Italia le pone en contacto con el ambiente del clasicismo y del interés por la pintura veneciana, y así realiza obras como La Fragua de Vulcano, de carácter casi académico en el tratamiento de los desnudos y con un estudio muy cuidadoso de las relaciones espacio y luz. Para el Buen Retiro pinta La Rendición de Breda, prodigioso estudio del aire libre, y una serie deslumbrante de retratos de Corte. Su técnica se va haciendo simultáneamente cada vez más ligera, y el color claro ya aéreo.

            Hace un segundo viaje a Italia, en el que retrata al papa Inocencio X, culminando el proceso de libertad de su pincel, que arrancando de los venecianos, se hace liguerísimo y casi impresionista. A su regreso realiza las obras culminantes de su producción, donde la consecución de la perspectiva aérea llega a la más absoluta perfección: Las Hilanderas y Las Meninas.

            Es Velázquez una de las cumbres de la historia universal del arte. Reúne todas las cualidades exigibles a un puro pintor. Su maestría técnica en el sugerir el volumen, la forma y el aire, con su pincelada deshecha, no tiene rival. Pero a la vez funde la claridad del clasicismo y el misterio y sugerencia del barroco, unido a una penetración psicológica en los retratos que nos coloca frente a frente al pensamiento del retrato.

 

            PINTURA ESPAÑOLA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVII.

            La segunda mitad del siglo vive una transformación completa en cuanto a la pintura. A la influencia italiana de la primera mitad, sucede un predominio de lo flamenco, dinámico y colorista, con un sentimiento de brillo y riqueza que contrasta con la realidad de la dura decadencia española. Es significativo que junto con el aspecto triunfal de las decoraciones y a la alegría del color de los lienzos de altar, es este período el que se ve también el auge de ciertos temas, como el bodegón. De todos modos, desde el punto de vista del estilo, y de los puros valores plásticos, en este período se alcanzan algunos de los más brillantes logros estéticos. La influencia de los flamenco, fundida con la tradicional devoción de lo veneciano, producen obras de una belleza de color y una ligereza de ejecución que cuentan entre lo más notable de la época en toda Europa. En este período, además, se desarrolla un tipo de pintura mural, y de bóvedas, nuevo por completo en España.

 MADRID:

            los artistas de la “generación madrileña” pueden dividirse en dos grupos, en razón de su edad:

  1. Los mayores, discípulos todos de artistas de la generación ya estudiada. En ellos puede advertirse el paso del realismo concreto, hacia un mayor decorativismo y la paulatina sustitución del tenebrismo por el colorido dinámico. Antonio de Pereda es quizá el más interesante por su extraordinario dominio de la técnica y la maestría en la representación de las cosas. Como bodegonista, supone un gran avance en barroquismo.
  2. Los artistas que marcan el tránsito a la generación más joven son Francisco de Herrera, que trae a Madrid todo el esplendor dinámico del barroco decorativo italiano y Francisco Rizzi, que da el paso definitivo hacia le pleno barroco, aprovechando la lección de las obras de Rubens presentes en Madrid. Realiza infinidad de retablos, altares y decoraciones murales. El último gran maestro madrileño es Claudio Coello, discípulo de Francisco Rizzi. Con Coello culmina la gran escuela madrileña, por su extraordinario sentido del dibujo y la perspectiva. La pomposidad de sus cuadros de altar viene de Rubens. Supo mantener un gran interés por lo concreto y sus grandes composiciones muestran siempre ejemplos soberbios de realiadad en los personajes secundarios o en los detalles de naturaleza muerta. Un año después de su muerte vino a Madrid Luca Giordano, que realiza gran cantidad de pinturas tanto al fresco, como enormes series de lienzos de variada temática

SEVILLA:

            La evolución sevillana hacia el pleno barroco la marcan Murillo y Valdés Leal.

            Bartolomé Esteban Murillo es el pintor de la delicadeza y la gracia femenina e infantil, y encarna un tipo de devoción que se complace con lo amable y lo tierno, rehuyendo lo violento. Es, por excelencia el interprete de las Inmaculadas y del Niño Jesús, pero es además un extraordinarísimo pintor, habilísimo técnico y gran colorista. Sus primeras obras muestran todavía cierto contacto con el naturalismo tenebrista. Luego, enriquece extraordinariamente su técnica, que se va haciendo más suelta, ligera y libre, hasta llegar a la vaporosidad de sus obras maduras.

            Juan Valdés Leal es absolutamente lo contrario, es hombre violento, apasionado y desigual, que desdeña por completo la belleza y se interesa exclusivamente por la expresión. Magnifico colorista, desprecia el dibujo. Busca siempre motivos dinámicos violentos, con mucho movimiento, que resuelve con remolinos de color.

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