Evolución política de Al-Ándalus (Kalipedia)

El valiato de Córdoba

Tras la conquista, el nuevo territorio se incorporó al califato de Damasco. Durante cuarenta años, los gobernadores musulmanes tuvieron que hacer frente a los conflictos surgidos entre los distintos grupos de conquistadores, árabes y bereberes, y debieron estabilizar las fronteras con el mundo cristiano.

Hacia el año 750, sin embargo, los conquistadores musulmanes se hallaban asentados firmemente en el territorio peninsular. Le habían dado un nombre, Al Andalus. Habían elegido una capital, Córdoba, donde residía el valí, que era el máximo delegado del califa de Damasco. Acuñaban las primeras monedas propias y nombraban a los gobernadores provinciales, que, de momento, eran jefes militares más que administrativos.

El emirato independiente

En el año 750, el califa omeya de Damasco fue destronado y su familia asesinada. Abderramán, un joven príncipe de 20 años, escapó de la masacre, se refugió en Marruecos y, después, pasó a la península Ibérica. En la primavera de 756 se proclamó emir de Córdoba con el nombre de Abderramán I. Durante más de 250 años, los omeya gobernaron en Al Andalus.

El título de emir independiente significaba que los gobernadores de Al Andalus dejaban de obedecer al califa de Damasco, se independizaban políticamente de él, aunque seguían reconociendo su autoridad religiosa.

En esta etapa, la situación siguió siendo inestable. Por un lado, los francos lanzaron expediciones contra Al Andalus y conquistaron Gerona y Barcelona (801), estableciendo la Marca Hispánica en los Pirineos. Por otro, las revueltas de ciudades como Zaragoza desafiaban la autoridad del emir. Otras insurrecciones se desarrollaron en el corazón de la capital andalusí, en Córdoba.

El Estado andalusí

A pesar de las dificultades, Al Andalus se afianzó en los siglos VIII y IX como un Estado centralizado con una rígida disciplina, donde el emir, con poder absoluto, estaba ya muy lejos de los antiguos jeques tribales árabes. La administración era eficaz y estaba profundamente jerarquizada, atendida por una larga cola de funcionarios en cuya cabeza se encontraba el visir. Al mismo tiempo se islamizaron las costumbres y el árabe se imponía como lengua cotidiana.

Las dificultades se agravaron durante el último cuarto del siglo IX. La muerte de Abderramán II coincidió con la rebelión del muladí Omar ibn Hafsun y sus hijos.

El califato de Córdoba

Abderramán III heredó el trono en 912. En los primeros años de su reinado sofocó las sublevaciones internas y contuvo las incursiones cristianas. Gracias a sus victorias, Abderramán III aumentó su autoridad y los símbolos que la representaban: edificó la ciudad de Medina Azahara, una magnífica residencia real y se tituló califa en el año 929. Con ello sumó la independencia religiosa a la independencia política respecto a cualquier autoridad exterior. Preservar esa situación dependía de la riqueza del Estado y de la fuerza del ejército, que se mantuvo durante todo el siglo X.

Administración del califato

El califato de Córdoba es el período más brillante de Al Andalus. La riqueza se asentó en tres pilares: la recaudación de tributos a los súbditos, el cobro de parias o tributos anuales a los reinos cristianos a cambio de no atacarles, y el control de las caravanas de oro del Sahara. Los califas dirigían el ejército mercenario de bereberes y esclavos y eran auxiliados en la dirección del gobierno por el hayib, primer ministro, y los visires (ministros). A su vez, los valíes dirigían las provincias y las marcas fronterizas de Zaragoza, Toledo y Mérida. Los judíos y los cristianos eran administrados por sus propias autoridades, responsables del pago de la yizya, impuesto que pagaban por mantener su fe.

La dictadura de Almanzor

En 976 el gobierno del califato recayó en Hisham II, de solo once años; aunque en realidad el poder quedó en manos de Almanzor (Al-Mansur), un general que realizó grandes conquistas. Almanzor y sus descendientes sometieron Marruecos y realizaron numerosas campañas contra los reinos cristianos, como los saqueos de las ciudades de Barcelona y Santiago de Compostela. Cuando Almanzor murió, comenzó la crisis del califato, que concluyó en 1031.

Los reinos de taifas

La desaparición de Almanzor en 1002 supuso el comienzo de la crisis del califato de Córdoba, que concluyó en 1031. En 1009, siete años después, la aristocracia se sublevó y destruyó la ciudad palaciega de Medina Azahara. Las luchas asolaron Al Andalus hasta que se depuso al último califa de Córdoba en 1031 y el califato quedó dividido en numerosos reinos o taifas. La época de los reinos de taifas fue un período de fuerte crisis política y militar, pero de gran brillantez cultural.

Los reinos de taifas se enfrentaron entre sí constantemente, pues los más poderosos quisieron adueñarse de los más débiles. Destacaba el reino de Sevilla, seguido por los de Toledo, Badajoz y Zaragoza, que estaban gobernados por árabes y muladíes. Otros quedaron en manos bereberes como el de Granada.

La desunión de Al Andalus debilitó a estos reinos, que fueron hostigados constantemente por los cristianos del norte. Para evitar los ataques, los reyes de taifas pagaban las parias (tributos) a los reyes cristianos. Los impuestos aumentaron para sufragar las parias, lo que provocó el descontento de la población andalusí, que no tuvo más remedio que soportar los pagos recurriendo a distintas medidas, como la reactivación del comercio. Esto, junto al descontento general y a la necesidad de buscar soluciones, aseguró una rica vida intelectual y artística. El palacio de la Aljafería de Zaragoza y las obras de numerosos poetas testimonian el esplendor del siglo XI andalusí.

Sin embargo, el empuje militar de los cristianos era cada vez más amenazador. En 1085, Toledo cayó en manos de Alfonso VI. Atemorizados, los musulmanes llamaron en su ayuda a los Estados del norte de África.

Los imperios norteafricanos

Los almorávides

El terror ante el avance de los reinos cristianos obligó a los andalusíes a pedir ayuda al imperio berebere de los almorávides. Estos constituían un movimiento de renovación rigorista del islam impuesto entre las tribus bereberes de Marruecos y habían creado un poder político con capital en Marrakesh. La llamada de los musulmanes españoles les proporcionó la excusa perfecta para desembarcar en la Península y eliminar los reinos de taifas.

Hacia 1110, el imperio almorávide se extendía desde los ríos Senegal y Níger, en África, hasta el valle del Ebro, en la península Ibérica. La supresión del régimen de parias alivió los impuestos y el control de las rutas del oro transahariano revitalizó la economía andalusí.

El éxito almorávide, sin embargo, fue efímero. En 1118 no consiguieron evitar la caída de Zaragoza en manos cristianas, y a partir de 1125 comenzaron a crecer los problemas y los enemigos.

Por un lado, en el norte de África, el movimiento almohade combatió a los almorávides. En la península Ibérica, Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, los eliminó de buena parte del valle del Ebro, capitaneó una expedición contra Andalucía y se llevó a su reino a muchos mozárabes. Pero además, los propios andalusíes se rebelaron contra un régimen que había impuesto una severa restricción en las manifestaciones culturales, perseguía a los judíos y volvía a imponer duros tributos.

El descontento interior, animado por las presiones exteriores, estalló entre 1144 y 1145 y el Al Andalus almorávide se desintegró en nuevos reinos de taifas.

Los almohades

Tras la decadencia de los almorávides, los almohades los sustituyeron. Los almohades reunificaron Al Andalus y lanzaron una gran ofensiva contra los reinos cristianos. Querían reemplazar el formalismo intolerante almorávide por expresiones más personales de la religión. Durante su gobierno Al Andalus se recuperó, como demuestran hoy la Torre del Oro y la Giralda de Sevilla, capital de la España almohade, y la obra de los dos filósofos hispanos más notables de la Edad Media: el musulmán Averroes y el judío Maimónides.

Solo la unión militar de todos los reinos cristianos permitió frenar a los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Tras ella, el imperio almohade se desintegró.

La presencia de los almorávides y los almohades comportó cambios profundos en Al Andalus. Estos pueblos eran menos tolerantes y su objetivo era la imposición del islam, si bien entendido de formas distintas.

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