La pintura románica

Los templos no se van a decorar sólo con relieves. La pintura cubre muros, bóvedas y ábsides de frescos muy expresivos. No obstante, sólo se conservan las pinturas de las iglesias más humildes ya que las más ricas fueron reformadas posteriormente.

Esta pintura mural tiene sus orígenes en la pintura bizantina de la 2ª edad de oro (introducida en Europa a través de Italia), unida a la tradición clásica de occidente, la influencia paleocristiana (transmitida por los carolingios) y las miniaturas mozárabes.

Será una pintura antinaturalista que prefiere la abstracción de las figuras. Se tiende a la esquematización, al hieratismo de las figuras, paños, animales y decoración vegetal, evitando la relación entre las figuras.

Se prescinde casi totalmente del paisaje porque se pintan vivencias religiosas y no formas reales.

No interesa la perspectiva, gradúan la profundidad por franjas paralelas de colores. Los colores no se supeditan a la representación natural de los mismos. Son colores planos, sin claroscuro, sin efectos de modelado. El dibujo grueso contornea enérgicamente la silueta. No se presta atención al efecto de la luz.

La iconografía pictórica responde a un doble objetivo:

– Instrucción religiosa de los fieles (carácter didáctico). Se enseñaban los principios fundamentales de la religión (catequesis) como ocurría en la escultura, lo que le da un verdadero carácter narrativo.

– Decoración del edificio (carácter decorativo). Ocupa, sobre todo, los muros y el ábside (pintura al fresco).

En cuanto al Ábside, uno de los ejemplos más característicos de la pintura románica es el de  San Climent de Tahull. La pintura al fresco del ábside de esta iglesia data del siglo XII. El lugar central lo ocupa el Pantocrator dentro de mandorla, con una mano sosteniendo el libro sagrado con la inscripción “ego sum lux mundi”, y con la otra mano bendiciendo enérgica y serenamente a los fieles. Para acentuar la divinidad del personaje, en la mandorla se pinta los signos Alfa y Omega como señal del principio y el final de la Creación. El ábside se estructura en 3 zonas:

– El Cielo con el Pantocrator y los evangelistas como tetramorfos sujetados por ángeles.

– La Iglesia con la Virgen y los apóstoles, enmarcados en unos arcos figurados.

– La tierra con los símbolos y el juego de colores.

El Pantocrator, de gran tamaño, surge de un fondo azul muy intenso. Su rostro hierático tiene los rasgos muy estilizados y destaca sobre el nimbo cruciforme blanco. Es destacable la precisión del dibujo con fuertes trazos en negro que separan las diversas zonas cromáticas e infinidad de líneas en pelo y pliegues del vestido.Otro ejemplo iconográfico que se suele utilizar en los ábsides es la Virgen con el Niño en actitud de bendecir, como en el ejemplo de Santa María de Tahull.

La Bóveda y los Muros, también se utilizan como soporte arquitectónico de la pintura. Como ejemplo característico citaremos uno español: el Panteón Real de San Isidoro de León. En este caso, las pinturas tienen el difícil papel de vitalizar un recinto severo y lúgubre. El Panteón ofrecía dificultades de iluminación y de superficie, dado que eran bóvedas de aristas y se debían compaginar el filo de las aristas con las posturas y distribución de las figuras. Hay seis escenas en las bóvedas: Degollación de los Inocentes; Última Cena; Pantocrator con los Tetramorfos en doble mandarla; El Apocalipsis; El Beso de Judas y el Prendimiento; La Anunciación a los pastores (ésta última es una de las más conocidas y de mayor valor artístico. Se trata de una escena de ingenuo sabor bucólico donde algunos arbolillos ponen la nota de paisaje y separan los grupos de personajes. Sobre fondo blanco, por imitación francesa, se construye una escena repartida en cuatro sentidos según la disposición de la bóveda. Se rompe con el hieratismo típico y se crean escenas vivaces con independencia de las figuras respecto del espacio arquitectónico. En los arcos que separan las bóvedas, pintan animales, los meses del año, etc.).

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